El poder de una sonrisa

“Es más fácil obtener lo que se desea con una sonrisa que con la punta de la espada”

William Shakespeare

Hoy, te voy a contar una historia.

No es un cuento, tampoco una fábula. No tiene moraleja ni mensaje oculto. Tan sólo se trata un suceso real, algo que le puede suceder a cualquiera de nosotros. Incluso lo podemos provocar, cumpliendo una condición que me guardo para el final.

La semana pasada estaba haciendo cola en las cajas de un hipermercado. Mientras esperaba me fijé en un chico que iba recogiendo las cestas de cada una de los puestos de las cajeras. En una de las manos llevaba un producto de limpieza así que supuse era el encargado de mantenerlas lustrosas y aseadas.

Hace unos años, el instituto en el que por aquel entonces estudiaba mi hija organizó unas jornadas sobre Igualdad y el lema, aunque no lo recuerdo con exactitud era algo parecido a “Distintos pero iguales”. Aquel chico era semejante a todos nosotros: sus compañeros y los clientes pero, sin lugar a dudas lucía con orgullo dos grandes diferencias.

Una tan sólo tiene que ver con una singularidad en su número de cromosomas, una trisomía en el número 21. La otra, la que le daba una luz especial era una enorme sonrisa de satisfacción en su cara. Destacaba sin duda alguna en un mar de rostros serios y perdidos en sus pensamientos. Big_smile

No lo pude evitar, llamó mi atención ese orgullo con el que desempeñaba su trabajo. Le miré. Se dio cuenta y me miró. Le sonreí instintivamente y a su vez hizo lo mismo. Dejó las cestas que arrastraba y se acercó hasta donde yo estaba en la fila. “Hola” me saludó mientras me tendía la mano. “Hola, ¿qué tal?”, le respondí a la vez que chocábamos nuestras manos con solemnidad. Luego, se quedó con mi mano entre las suyas, sosteniéndola con dulzura mientras me seguía observando con aquellos ojos llenos de alegría. “Así que trabajando un poco ¿no?” le pregunté. “Sí” contestó y acto seguido me dio dos besos en la mejilla que le devolví, se despidió y continuó con su labor.

¿No es precioso?

Ese día yo estaba un poco “cortocircuitada”, nada grave, una de esas épocas que todos tenemos en los que la vida se nos antoja ligeramente cuesta arriba y, de repente, fue como si una suave brisa se llevase todas las negras nubes de mi cielo particular.

Así, sin más. Tan sencillo como una simple sonrisa que es capaz de alegrarte el día, de cambiar una climatología emocional cargada de electrones y convertirla en risueños protones.

Y a esto me refería al inicio cuando os hablaba de ese “algo” que a todos nos puede suceder e incluso provocar.

Levantad un momento la vista de la pantalla y haced memoria, seguro que en al menos una ocasión habéis vivido una situación similar: una sonrisa rápida y furtiva al cruzar la mirada con ese desconocido en un paso de cebra, con la señora a la que cedisteis el asiento en el bus, el camarero del bar de la esquina, el panadero que te guarda todos los días un cuarto poco cocido y crujiente o incluso con la mujer que te mira con sorpresa cada mañana al otro lado del espejo cuanto te maquillas las ojeras.

¿Te sorprende el último ejemplo? ¿Por qué motivo? ¿Nunca te regalas una sonrisa? ¡No puede ser, no me lo puedo creer! ¡¿En serio?! Ah, que no se te había ocurrido. Pues te lo recomiendo. No hay nada más reconfortante. A ver, es como cuando te dicen si no te quieres tú no te quiere nadie. Si tú no te respetas ¿cómo lo van a hacer los demás? ¿Estamos de acuerdo? Pues aplícalo también en este caso.

Si no eres capaz de sonreír ante tu reflejo, mal vamos.

Vale, admito que quizá no encuentres muchos motivos para hacerlo, puede ser, claro que sí. Nadie debe juzgar la vida de otro sin haberse calzado sus zapatos por un par de días. Pero mira, te voy a decir una cosa, ¡hazlo aunque sólo sea por ver la cara de desconcierto de los que te rodean!

Lamentablemente vivimos en una sociedad en la que parece que es más fácil quejarse que sonreír, y cuando nos encontramos con alguien que rompe este esquema resulta sorprendente. Parece que para que tu felicidad sea justificable tiene que haber sucedido un hecho fortuito o no, que la provoque. Es decir, no puedes ser alegre sin más, ¡por Dios qué insensatez!

¿Y si rompemos esta norma no escrita? ¿Qué te parece? ¿Hacemos la prueba y luego, si te apetece me cuentas abajo, en los comentarios, el resultado de nuestro experimento? Un día cualquiera porque sí, porque te da la gana y le quieres llevar la contraria al mundo, prueba a regalar una sonrisa a algún desconocido, o a ese vecino anónimo de tu barrio con el que te cruzas todos los miércoles de tarde a la vuelta del trabajo.

Una cuestión curiosa que observo a este respecto, es que en los pueblos más pequeños es más común esa cercanía entre las personas, incluso las que no se conocen. Como comercial, me muevo por muchas localidades y en las de menor número de habitantes es extraño que no me saluden, no se puede decir lo mismo en las ciudades.

¿La urbe nos deshumaniza? ¿Anula o adormece nuestras emociones e incluso aniquila las normas de buena conducta?

No lo sé la verdad. Quizá la vida transcurre de forma más vertiginosa y no somos conscientes. Sin embargo no deberíamos olvidar una realidad incuestionable: por mucho que intentemos acelerar, el día tiene veinticuatro horas aquí y en Tombuctú.

Así pues, si por mucho que corramos la vida va a seguir a su propio ritmo ¿para qué agobiarnos? ¡Salgamos a la calle a regalar muecas, giremos los labios hacia arriba y riámonos sin sentido! Que nos miren ¡qué nos importa! Que nos tachen de locos, ¡da igual!

Como dice Celia Cruz: ríe, llora que a cada cual le llega su hora. ¡Azúcar!

De nuevo gracias por estar al otro lado de la pantalla leyéndome.

Os dejo con Nat King Cole, “Smile”

Fuente: La Nueva Ruta del Empleo

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