Hablar en público: una batalla por ganar

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Uno de los caballos de batalla más importantes a los que nos enfrentamos continuamente a lo largo de nuestra vida es ese miedo escénico que nos entra cada vez que tenemos que hablar delante de personas a las que no conocemos demasiado.

Ocurre tanto para pequeñas intervenciones dentro de un grupo como, por supuesto, cuando debemos ponernos delante de un auditorio a realizar una presentación.

Esta sensación de nervios, timidez sobrevenida, miedo, y todo tipo de sentimientos negativos acerca de cómo seremos capaces de salir del paso, está muy influenciada por un factor puramente cultural: se nos anima desde pequeños a no equivocarnos, lo cual es mucho más fácil cuando pasamos desapercibidos.
Es decir, se nos condiciona desde niños a no fracasar más que a tener éxito.

Hoy en día, a pesar de que cada vez tenemos más necesidad de a participar en eventos sociales, el terror a decir algo inadecuado, a no ser aceptados o simplemente, a quedarnos bloqueados, sigue siendo una barrera para muchos insalvables.

Sin embargo, tendría una solución relativamente sencilla, que pasa por la formación y el refuerzo positivo para todos aquellos que, sea cual sea el resultado de su discurso, al menos tratan de superarse.

Para ser sinceros, ¿cuántas veces de esas que hemos empezado a hablar forzosamente delante del público ha salido tan mal que nos han echado de allí a patadas?

Por contra, en la mayor parte de estos casos se produce un efecto sumamente satisfactorio: nuestros oyentes, agradecidos por el esfuerzo de haberles compartido la información que teníamos para ofrecerles, nos recompensan con palabras de elogio e incluso, cuando hay alguien entre la multitud que toma la iniciativa (que también para esto hay timidez), nos aplauden.

Cuando se nos pone delante de un grupo de personas para que nos atiendan coinciden varias circunstancias:

  1. 1.    O bien esas personas quieren escucharnos a nosotros, o bien les interesa el tema del que vamos a hablar. Normalmente es el segundo caso, porque claro, para llegar a ser alguien a quien los demás quieran oír, hay que ganarse cierta reputación, que pasa precisamente por haber tenido varias intervenciones en foros similares saliendo de todas ellas lo suficientemente airoso como para que hablen bien de uno (poniendo a funcionar el boca a boca).
  2. 2.    Se nos supone, si no expertos, al menos suficientemente conocedores de la materia que vamos a tratar como para que merezca la pena invertir el tiempo necesario en escuchar el mensaje.
  3. 3.    El público, ese ente al que le tenemos tanto miedo, habitualmente es agradecido, por lo que valora el esfuerzo incluso más allá del resultado
  4. 4.    Alguien ha confiado en nosotros para atreverse a ponernos en esa situación. Este punto es muy importante, porque para que alguien confíe en ti, es necesario que hayamos demostrado previamente aptitudes suficientes para saber defender nuestro discurso.

Con todo esto a favor, debería ser suficiente para entender que merece la pena pasar ese mal trago que supone subir al escenario (entendiendo este como el espacio en el que tendremos que realizar nuestra intervención).

Todo esto es fácil de decir, pero claro, hay que ponerlo en práctica. Así que, van aquí unas pistas sobre cómo “suavizar” nuestra entrada:

  • •    Los últimos cinco minutos antes de salir a escena, dedícalos a relajarte. Los nervios previos son traicioneros, por lo que es bueno distraer la mente, pero para eso, lo peor que podemos hacer es volcarnos en repasar nuestros papeles. Respira profundamente (muy recomendable practicar la respiración abdominal), concentrándote sólo en esta respiración y en su ritmo pausado y constante.
  • •    Intenta memorizar las primeras frases (pero no en esos cinco minutos, sino antes, mucho antes), de forma que nos sintamos seguros de ser capaces de reproducirlas sin tener que pensar demasiado. Practiquemos diciéndolas muy pausadamente. Si sabemos empezar despacio, podremos seguir calmados. Si por el contrario empezamos ya acelerados,… mejor no lo hagamos y punto.
  • •    Mira al público. Al saludar, de forma global. Al hablar, pasa ordenadamente por las miradas de todos los asistentes a tu alcance. Les harás cómplices de tu situación. Será fácil que comprendan lo difícil que resulta estar ahí, y sus reacciones serán de atención, escucha activa (asentir es la más común), participación (es difícil, pero dado que hablamos para otras personas ¿por qué no hacer que en la medida de lo posible tomen cierto protagonismo?),…
  • •    Sonríe. La sonrisa transmite seguridad en lo que decimos, y si a las miradas unimos sonrisas, recibiremos de vuelta en muchos casos,… otras sonrisas. Y cuando nos sonríen nos sentimos valorados, aumenta nuestra autoestima y la sensación de que estamos haciéndolo bien, reforzando nuestra conducta y facilitando que siga fluyendo.

Si todo esto va funcionando, lo cual es bastante más que habitual, el resto fluirá por sí solo.

Con estas simples estrategias mejoraremos notablemente en nuestras exposiciones en público, saldremos satisfechos de nuestro trabajo y en muchos casos, nos encontraremos con que lo que no queremos pasados unos minutos es terminar, porque seamos sinceros, a todos nos gusta ser el centro de atención por nuestro buen hacer.

Y si aún te quedan dudas, realiza un curso en el que te enseñen a practicar estas y otras técnicas (organización del discurso, mejora del tono y potencia de voz, respiración, control del tiempo,…) y poco a poco, llegaremos a ser grandes expertos en la materia.

Eso sí, procura que no desaparezcan por completo los nervios iniciales. El día que eso ocurra no estarás demasiado motivado por dar tus charlas, y cuando algo no nos motiva no le ponemos la suficiente pasión, y entonces,… nos imaginamos el resultado.

Fuente: La Nueva Ruta del Empleo

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