El error de creerte cliente de tus clientes

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A veces ser conocido por lo que expresamos u ofrecemos profesionalmente hablando puede conducirnos a creer que son los demás quienes nos deben pleitesía.

Existe una tendencia bastante generalizada a pensar que cuando ya somos “lo más de lo más” (¿en serio?) en nuestro ámbito profesional, dejamos de ser proveedores de un servicio (¿útil?) a creer que somos nosotros los clientes de los que se supone que son en realidad nuestros clientes. Pero esto… ¿qué quiere decir exactamente?

Hay quien piensa que por ofrecer un producto/un servicio/¿tal vez humo?, muy solicitado por otras personas, éstas últimas se convierten automáticamente en sus servidores. Que son ellas quienes tienen que estar al tanto de sus necesidades, y aguantar e incluso solventar en muchas ocasiones sus incompetencias no declaradas, si desean tener el privilegio de ser honrados con su endiosada presencia y colmados con su “sabiduría”.

En realidad es muy bonito saber que puedes impactar en el corazón y la mente de la gente con tu trabajo. Tal vez ese trabajo llega a ayudar de verdad a algunas personas. El hecho de conseguir que ayuda tan solo a una ya es un enorme logro. Todos tenemos el poder de conseguirlo y de ser admirados y tomados como ejemplo por ello. Y eso en algunas ocasiones proporciona el tan deseado poder de la influencia a veces en cientos de personas.

Pero no se nos debe olvidar que el poder de la influencia no ha de servir para utilizar a los demás o para engrandecer nuestro ego. En realidad son los demás quienes tienen el poder de levantarnos y, de la misma forma, hundirnos en el más profundo fango. El poder debe utilizarse para con uno mismo siempre. PODER dirigir nuestra vida, PODER saber lo que queremos, PODER ayudar a otros, y PODER saber que, al fin y al cabo, no sabemos nada ni somos nada sin la ayuda de esos otros.

Un buen profesional sabe que está para servir a los demás. Con humildad y calidad. Y que SIEMPRE deben ser los demás los auténticos clientes. Por muy bueno y famoso que se sea. Y con más razón cuanto más famoso, bueno y caro se es. Al menos yo, pago para que me ofrezcan algo bueno e interesante, y no exclusivamente para que quien me lo ofrece se sienta satisfecho.

Se me ha ocurrido escribir este texto tras escuchar a un amigo que trabaja en la misma empresa que una persona muy influyente en las redes sociales, en teoría, por su trabajo. Mi amigo, igual que muchísima gente, admiraba a esta persona por haber logrado ese poder de influencia con su…¿saber hacer?. Sucedió que, llegado el momento de trabajar directamente con esta persona, el “mito” se desmoronó: Todo eran exigencias, peticiones, desorganización e impuntualidad. Eso sí, tras acabar su trabajo, foto al Facebook con comentario reflexivo sobre la extenuante jornada y cientos de “megusta” como resultado, así como otros cientos de comentarios de ánimo, emoción, admiración y entusiasmo.

La verdad es que la envidia me corroe las entrañas. Yo, trabajando todo el día llego (más o menos) a fin de mes, como tantísima gente. Y esta otra gente gana fajos de pasta solo por dar una imagen que muchas veces no corresponde a la realidad. Me pregunto cómo lo logran. Tal vez en algún momento sí fueron alguien y ahí empezó todo. Pero en algún otro momento dejaron de serlo para convertirse en meros peleles de la pseudofama y la pseudogloria.

Espero algún día ser apreciada por lo que hago, y no por lo que parece que hago…

Fuente: La Nueva Ruta del Empleo

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