Si algo puede salir mal…

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La desagradable costumbre de apoyarse en la “Ley de Murphy” para minimizar el impacto sobre nuestra autoestima que provoca un fracaso, no es más que una forma de excusa que impide nuestra capacidad de crecimiento personal.

Si miramos a nuestro alrededor, en incontables ocasiones observamos como “nos ponemos la venda antes de tener la herida”, de forma que cuando nuestras negativas previsiones se confirmen, no sólo mantengamos nuestro ego intacto, sino que además podemos agrandarlo a través del tan popular “ya lo dije yo”.

La realidad es que TODO puede salir mal,… y bien. Pero si no ponemos un extraordinario esfuerzo por nuestra parte para salir airosos de nuestros retos, es más fácil que salga mal. Por suerte, para entonces ya conoceremos bien el efecto Pigmalión (en su vertiente negativa, por supuesto), y veremos cumplida nuestra profecía de que ese objetivo estaba abocado al fracaso.

Hoy un coach me ha comentado que, si tuviese que resumir al máximo el coaching, él lo describiría como “aprender a ver siempre el vaso medio lleno”.

Sin entrar a discutir sobre si somos optimistas, pesimistas o realistas, debate que normalmente resulta estéril por la gran carga de subjetividad que presenta, quizá es recomendable empezar a, simplemente, observar.

Está clarísimo que un proyecto puede no salir como esperamos. Lo que pasa es que si ponemos todo nuestro empeño en que eso no suceda reducimos al máximo la probabilidad de que esto ocurra. Y, como la probabilidad es tema estadístico, si sólo son posibles dos resultados (éxito o fracaso), cuanto más pequeña sea la probabilidad de uno de ellos, más grande es la probabilidad del otro.

Tomando nuestras metas desde este punto de vista, ni los optimistas ni los pesimistas se atreverán a negar (o al menos no he visto a ninguno que lo niegue) que:

  • Si intentamos lograr algo, podemos conseguirlo.
  • Si no intentamos lograr algo, no podemos conseguirlo.

Dando por buenas estas dos premisas, deberíamos coincidir todos en que si intentamos lograr algo muchas veces, o con muchas energías, o con muchos recursos,… el “podemos conseguirlo” estará más cerca.

En este punto es donde algunos pueden decir: “claro, pero ¿y si aún de esta forma no lo consigues?”. Pues al menos yo lo tengo claro: ¿de verdad alguien que pone todo de su parte no tiene derecho a decir que no pudo hacer más? Si no se ha llegado a la meta propuesta por incapacidad (que, por qué no decirlo, en muchas ocasiones intentamos cosas para las que aún no estamos preparados), azar, falta de información, errores humanos,… pues nos tendremos que resignar, pero ¿cómo nos sentimos cuando tras el fracaso pensamos que podíamos haber hecho algo más?

La propuesta que se presenta en este artículo supone un cambio fundamental en nuestras actitudes cotidianas: se trata de pasar de la búsqueda de excusas a la generación de argumentos. Ya no deberemos pensar a quién culpar (compañeros, manos negras, astros, brujería o cualquier otro que se nos ocurra), sino que trataremos de cargarnos de razones para poder disfrutar de los éxitos y aprender de la ausencia de estos (con una esfuerzo total ¿alguien se atreve aún a llamarlos fracasos?).

Sólo no se equivoca el que no hace nada (pero por supuesto, tampoco acierta nunca).

Fuente: La Nueva Ruta del Empleo

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