Mi lápiz

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En el trabajo me gusta apuntar aquello que tengo pendiente por hacer, en una lista. Utilizo un cuaderno que guarda aquellas cosas que mi memoria no alcanza a atesorar y que necesito archivar.

Muchas veces las tareas son arduas, difíciles y parecen casi imposibles de finalizar, y se llevan un tiempo ahí apuntadas. Las suelo anotar por orden de importancia, aunque la mayoría de las veces termino cambiándolas de posición debido a los continuos vaivenes de la actividad.

Apunto todo lo que tengo pendiente con bolígrafo. Pongo numerosas señales en aquello que he escrito y que ha ido avanzado. Muchas veces parece que fuera un teletipo: palabras sueltas, asteriscos u otros símbolos que me muestran en un golpe de vista los avances de mi actividad. También utilizo los subrayadores fluorescentes para destacar aquello que quiero que se vea más.

Hay veces que las tareas pasan de hoja a hoja porque no es posible terminarlas en el tiempo esperado, e incluso debo apuntarlas de nuevo porque no he conseguido hacerlas como lo tenía establecido.

Pero llega el día en que esa línea repetida en una y otra hoja durante una pequeña temporada, se tacha. La acción es siempre la misma: la tarea es tachada con mi lápiz. Me siento satisfecha por el trabajo terminado, sobre todo cuando esa tarea ha estado revoloteando por las líneas de mi cuaderno más tiempo del esperado. Pero al fin lo tacho. La raya de mi lápiz me señala que he llegado a meta.

Cuando no ha sido así, cuando aquella actividad no ha sido finalizada en el tiempo que tenía estimado, la frustración es la que llama a mi puerta. No he podido utilizar mi lápiz cuando yo creía que lo iba a utilizar. Quizá el tiempo de planificación no era el adecuado, o se complicó por determinadas variables que no había considerado desde un principio porque las desconocía…Pero eso no me frena. Sigo adelante. La experiencia te enseña, y la planificación mejorará para ocasiones posteriores. Eso sí, el lápiz sigue conmigo, porque aunque se ha pospuesto su trazo, llegará. Porque ese es mi fin, terminar la tarea establecida.

En mi escritorio, el lápiz, tiene un significado único para mí. Es el remate de mis objetivos. Siempre lo tengo a mano porque es el que pone el punto y final a aquello que me he propuesto terminar. Con su trazo fino, y sus connotaciones casi infantiles, su utilización significa para mí “trabajo finalizado”.Y eso conlleva que puedo iniciar otras actividades, avanzar, y conseguir otros logros que mi lápiz señalará con su suave trazo.

Recuerdo que cuando me enseñaron a hacer mis primeras letras en el colegio fue con un lápiz. El argumento de la profesora era que como aún éramos pequeñas debíamos utilizar el lápiz puesto que nos permitía borrar los errores. Unos años más adelante ya nos dijeron que debíamos usar el bolígrafo porque ya nos habíamos hecho mayores. Ahora los errores iban a ser mínimos y no tendríamos tanta necesidad de borrar.

Mi opinión es que de los errores se aprende, así que voy a seguir utilizando el lápiz, aunque, como diría mi profesora, ya me he hecho mayor.

Fuente: La Nueva Ruta del Empleo

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