En busca de mi vocación

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En un mundo en el que el concepto de éxito depende de lo que piensen los demás por encima de lo que sienta uno mismo, se diluye la idea de desarrollar la propia vocación.
Sin embargo, la situación económica actual parece que da una nueva oportunidad a este concepto.

Cogiendo una de las acepciones que aparecen en el diccionario de la RAE, se define una vocación como “inclinación a cualquier estado, profesión o carrera”. Además, nos explica que la palabra viene del latín vocatio, que significa “acción de llamar”.

No dista esta definición de la que cualquiera de nosotros podríamos dar de esta palabra, si bien puede que, descrita de esa forma, quede un poco descafeinada, ya que a muchos nos gusta considerarla más bien como algo que nos proporciona plena satisfacción. Y cuando se habla simplemente de una “inclinación” puede parecer que, para considerar algo como vocacional, sea suficiente con que cubra mínimamente nuestras expectativas.

Durante siglos el hecho de que alguien pudiera plantearse cuál era su vocación para dedicarse a ella fue algo reservado para unos pocos elegidos, en la mayoría de los casos con una posición social y económica desahogada o si no, con pocas responsabilidades que atender.

Por el contrario, en las últimas décadas se fue abriendo la posibilidad de que casi cualquiera, si orientaba adecuadamente su esfuerzo, pudiera dedicarse a aquello para lo que sentía esa “llamada”.

Pero esto quizá durante bastantes años ha supuesto que confundamos el medio con el fin, ya que por supuesto todos queremos tener éxito, entendido este como reconocimiento social, holgura económica y satisfacción por lo que se hace. Pero dado que no siempre es totalmente alcanzable esta combinación, hemos debido escoger entre todos estos objetivos, focalizando en innumerables ocasiones sobre aspectos externos más que en la consecución de un estado interno placentero.

De ahí que en su momento surgieran miles de abogados, economistas, médicos o ingenieros que posteriormente han podido vivir de su profesión, aunque en muchos casos sin sentir verdadera pasión por lo que hacen.

Es curioso, pero precisamente las dificultades económicas han provocado que en esta ocasión parezca que se da más importancia a lo que uno de verdad quiere hacer que a lo que pueda conseguir haciéndolo. Da la sensación de que estamos asumiendo que, si no hay trabajo en ningún área, por qué no focalizarnos en intentar vivir lo mejor que podamos a través de una actividad que nos guste.

Y digo que es una sensación, porque no he visto estudios al respecto, pero sí que he observado bastantes casos de personas que, si bien habían orientado sus estudios y primera experiencia profesional a campos que podían llevar al éxito desde el punto de vista social (banca, ingeniería, informática,…), al quedarse fuera de esos entornos, y viendo la dificultad para volver a coger el tren que les dejó tirados entre estaciones, han decidido cambiar su ocupación por otras menos “reconocidas”: crear piezas de joyería o bisutería de forma artesanal, trabajar como payasos, fabricar a mano muñecos de peluche, diseñar disfraces personalizados…

Con estos ejemplos, es fácil darse cuenta de que la intención de todas estas personas no puede ser, al menos inicialmente, ni hacerse rico ni que el entorno les envidie. Y tampoco es probable que hayan empezado estas actividades porque hayan observado un nuevo nicho de mercado. Más bien tiendo a pensar que son tareas que les han gustado e incluso han desarrollado como afición, y ante la posibilidad de no tener nada que hacer, han optado por hacer aquello que como mencioné antes les satisface, pero intentando de una vez por todas rentabilizarlo.

Es bastante lógico si se piensa: tengo tiempo libre (no buscado, pero irremediable a corto plazo), por lo tanto me dedico a mis hobbies, ¿por qué no intentar sacarle algo de rendimiento?

Probablemente, a pesar de las dificultades, por lo menos en el proceso estas personas consigan disfrutar más que la mayoría.

Quizá lo más gracioso de este tema es que, si consiguen finalmente el objetivo, que no será otro que poder vivir de estas nuevas profesiones, aunque económicamente no sean objeto de ninguna envidia, a nivel de satisfacción serán el modelo que quieran alcanzar otros muchos a su alrededor.

De momento, yo ya tengo claro que lo mejor que se puede hacer para tener una vida feliz es trabajar en aquello que te gusta, pero que te gusta de verdad, tanto como para hacerlo aunque no te paguen por ello.

¿Acaso no funcionaría todo mucho mejor si el 100% de los profesores, profesionales sanitarios, policías, bomberos, camareros o cualquier otro trabajo que se nos ocurra, fuesen porque hubiesen sentido esa “llamada” vocacional?

Es una pena, pero todos hemos visto casos de empleados que no disfrutan de lo que hacen, lo que les lleva a no intentar mejorar, formarse, crecer,… y llevar toda una vida laboral así tiene que ser realmente duro.

Ahora, precisamente ahora, es tiempo de que por fin nos dediquemos a aquello que nos apetece. Las grandes oportunidades volverán, y entonces podremos decidir si continuamos o no con nuestra vocación, pero en ese momento la decisión podremos tomarla con mayor criterio,… siempre que a esas alturas nos parezca que aún queda algo por decidir.

Fuente: La Nueva Ruta del Empleo

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