Insistencia, persistencia y resistencia

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Si queremos hacer algo y no somos capaces, lo más frecuente es que nos encontremos con dos opciones: abandonar o seguir intentándolo hasta lograrlo.

La afirmación anterior, si bien es muy poco impactante por ser excesivamente evidente, en muchas ocasiones pasa desapercibida, ya que intentamos que, por la intervención de algún tipo de magia, actuación divina, o simplemente azar, nos llegue la inspiración suficiente como para que deje de ser necesario poner nada de nuestra parte. Tenemos la esperanza de que simplemente por desearlo, nuestro sueño se cumpla.

Afortunadamente, es habitual que seamos conscientes de que eso no va a ocurrir. Se trata más de un deseo (“ojalá me encuentre por la calle un boleto de lotería premiado”), que de una expectativa (“espero que toque el número del décimo que he comprado”). En caso contrario viviríamos en un estado continuo de frustración sin límites.

Porque la única manera absolutamente contrastada para alcanzar unas metas que no hayamos logrado antes, es la de intentarlo hasta conseguirlo.

Seremos capaces si utilizamos la insistencia, una y otra vez sobre el mismo proceso, para ir mejorando en cada intento de forma que nos acerquemos, con cada esfuerzo, un poco más al objetivo.

Seremos capaces si utilizamos la persistencia, ante los primeros fracasos, de forma que no nos demos por vencidos y sigamos orientados al resultado que esperábamos desde el principio.

Seremos capaces si utilizamos la resistencia, frente a todas las cosas y personas que nos dirán, directa o indirectamente, que lo mejor es abandonar porque no seremos capaces de lograrlo.

De nosotros depende que nuestros objetivos se cumplan, de nadie más. Pero eso supone que debemos responsabilizarnos de todo aquello que nos proponemos hasta el extremo de no permitirnos abandonar cuando el cuerpo nos lo pida.

Si observamos a los niños, son tenaces hasta caer agotados. De nada les va a servir que les repitamos un millón de veces que no van a poder meter un último juguete en la maleta. Si no ven por sus propios ojos que realmente es imposible, lo intentarán una y otra vez, te exigirán que lo intentes tú, y volverán ellos mismos a perseguir su propósito. Como lo normal es que realmente no quepa, cuando acaben rendidos abandonarán, eso sí, no demasiado convencidos de haber estado luchando por algo inalcanzable.

Esa es la clave que les permite aprender y desarrollarse. Nunca sienten que algo no se ha hecho por dejadez personal, sino porque realmente nadie lo podría haber logrado o porque todavía no son lo suficientemente mayores y por ese motivo les falta la habilidad necesaria, por ahora.

De alguna manera, cuando dejamos de ser niños nos acostumbramos a cambiar de perspectiva, permitiéndonos con mayor rapidez el abandono de nuestros propósitos a la vez que nos llenamos de excusas para reducir el impacto sobre nuestra autoestima: tampoco era fundamental, no merece la pena, tengo cosas más importantes,…

Pero en el fondo, siempre somos conscientes de que esas situaciones son fracasos que cargamos en nuestra mochila, a la vez que son la semilla para futuros abandonos en nuevas y exigentes situaciones: una vez que hemos abandonado alguno de nuestros objetivos, ¿qué nos impide volver a hacerlo en el futuro?

Al igual que un corredor de maratón tendrá en algún momento de la carrera malas sensaciones que le lleven a pensar en el abandono, el vendedor que acumula una mala racha sufrirá la tentación de realizar menos visitas, aunque sólo sea por reducir la cantidad de “noes” recibidos por parte de los potenciales clientes (con el consiguiente golpe emocional que provocan los mismos). En ambos casos, la capacidad de la persona para superar esa orientación al abandono será la clave para salir exitosamente del pozo que significan estos pensamientos. Y esa capacidad pasará, únicamente, por la fuerza que cada uno tenga en su interior para seguir empeñado en superarse, actuando con insistencia, persistencia y resisten.

Fuente: La Nueva Ruta del Empleo

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